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¿Venezuela necesita más áreas protegidas o una gestión más eficiente?

El reto para Venezuela comienza por medir el impacto ecológico de su producción petrolera y sigue luego en la creación de modelos para compaginar esta actividad en un mundo que avanza hacia las energías limpias.

Solo el 57,7% del territorio está protegido

Venezuela posee más de la mitad de su territorio protegido (57,7%) bajo distintas figuras de áreas bajo de régimen de administración especial, tales como parques nacionales, reservas de fauna silvestre, monumentos naturales, reservas de biósfera, entre otros.

Sin embargo, lo esencial no solo es la protección legal y por eso nos preguntamos si se necesitan más áreas protegidas o una gestión más eficiente para cumplir con el resguardo ambiental que ameritan.

“Hay que prestarle más atención a las áreas protegidas ya creadas, dotándoles de lo necesario para cumplir con sus objetivos de manejo y conservación. Hay muchos problemas, por ejemplo, con la minería o con los proyectos urbanísticos que se expanden hacia los parques nacionales como El Ávila (Waraira Repano) o Los Roques” aseguró el biólogo Diego Díaz Martín, presidente de Vitalis.

El caso del Parque Nacional Caura ubicado entre los estados Bolívar y Amazonas, creado el año 2017, es emblemático. Abarca 7,53 millones de hectáreas que incluyen la zona montañosa donde nace el río Caura y una importante biodiversidad. El Ministerio de Ecosocialismo señala que en este parque nacional habitan un total de especies de 168 mamíferos, 46 reptiles, 16 anfibios y 475 aves.

Este parque nacional ahora se señala como foco de la minería ilegal de oro. “El verdadero problema es si estamos en capacidad de protegerlos, de hacer gestión en esas áreas” afirmó el biólogo Alejandro Álvarez, coordinador general de  Clima21.

Las denuncias de los focos mineros dentro del Parque Nacional Caura han sido presentadas por las comunidades indígenas que viven en la zona, por organizaciones internacionales como InsightCrime y también por asociaciones nacionales como SOS Orinoco y el Observatorio de Ecología Política de Venezuela.

Esta minería ilegal en el Caura es una amenaza que se suma a la vida de especies en peligro como el águila arpía (Harpia harpyja), la tonina del Orinoco (Inia geoffrensis) y el perro de agua (Pteronura brasiliensis) que tienen su hogar en esta zona.

Se trata de un reservorio de biodiversidad que cuenta con pocos funcionarios de Inparques para su protección, un limitado presupuesto y una mínima coordinación con otros organismos de seguridad para ejercer el control en la zona.

De otra parte, cuando se habla de la Faja Petrolífera del Orinoco se nombran las reservas de crudo y la atracción de inversionistas extranjeros para la recuperación de la economía nacional. Pero poco se menciona el reto a la biodiversidad, que supone proteger a las especies allí presentes.  

Las planicies inundables del Orinoco (franja que atraviesa a cinco estados en Venezuela), son uno de los humedales más grandes de Suramérica y bien pueden compararse con el pantanal de Brasil. Su riqueza en biodiversidad es ampliamente reconocida.

“Su relevancia viene dada porque allí es donde van buena parte de las aves migratorias de Norteamérica. Es un reservorio de la gran diversidad de especies venezolanas, pero también de una diversidad internacional de la que Venezuela es responsable”, señaló Antonio Machado Allison, biólogo e individuo número de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales de Venezuela (Acfiman).

El arrocero americano (Spiza americana) es, por ejemplo, una de estas aves que migran cada año cerca de la Faja Petrolífera del Orinoco, y que tiene su punto de reproducción en el centro de los Estados Unidos.

La lista de mamíferos que hacen vida en la zona incluye, por ejemplo, a la tonina del Orinoco (Inia geoffrensis), que es el cetáceo de agua dulce más grande del mundo y al manatí (Tricherus manatus), que es una de las especies amenazadas en Venezuela debido al drenado de los humedales y la deforestación en bosques de mangle.

El reto para Venezuela comienza por medir el impacto ecológico de su producción petrolera y sigue luego en la creación de modelos para compaginar esta actividad en un mundo que avanza hacia las energías limpias.

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