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Por primera vez en la historia del país dos mujeres se disputan el poder. Washington parece privilegiar la estabilidad estratégica sobre la definición democrática
EEUU supuestamente descarta a Machado y ofrece una oportunidad a Delcy Rodríguez en Venezuela.
El anuncio de María Corina Machado de regresar al país en pocas semanas no es un gesto simbólico. Es una ruptura estratégica oportuna.
La transición venezolana ha entrado en una fase de definición. No porque el poder haya cambiado de manos, sino porque el tiempo dejó de ser neutral. El conflicto no es únicamente entre oficialismo y oposición. Es entre tres fuerzas: la legitimidad democrática acumulada de María Corina Machado, el control institucional del Estado de Delcy Rodríguez y el cálculo estratégico de Washington.
María Corina Machado representa la legitimidad abrumadora expresada en elecciones primarias y en una movilización social sostenida. Delcy Rodríguez encarna el control operativo del aparato estatal. Washington administra el entorno en el cual esa confrontación debe resolverse.
Pero el punto crítico ya no es la coexistencia de estas fuerzas. Es la secuencia de su resolución.
Washington trata de administrar la transición
La reciente invitación del dirigente opositor Enrique Márquez al Capitolio estadounidense envió una señal inequívoca: Washington no quiere depender de un único liderazgo opositor. O muy probablemente el dominio popular abrumador de María Corina le preocupa a Trump, tan inclinado a ser siempre el protagonista de todo escenario.
La reciente invitación a Enrique Márquez al Capitolio no fue un gesto protocolar inocuo. Fue una señal política. La diversificación de interlocutores suele ser un mecanismo diplomático. Pero en contextos de transición también puede funcionar como instrumento de fragmentación y dilación. Mantener múltiples canales abiertos debilita la concentración de legitimidad y distribuye su poder simbólico.
Cuando eso ocurre, la transición pierde definición y comienza a administrarse como proceso. Washington enfrenta un dilema clásico de su política exterior: priorizar la coherencia democrática o privilegiar la estabilidad estratégica de sus intereses.
La historia demuestra que cuando potencias externas intentan “administrar” procesos de transición en lugar de respaldar con claridad la legitimidad mayoritaria, terminan generando mayor inestabilidad en el mediano plazo.
La legitimidad no desaparece cuando se la trata de diluie. Se radicaliza o se acelera.
La advertencia sobre la secuencia
Las reflexiones del economista Ricardo Hausmann en la prensa internacional apuntan directamente al núcleo del problema: si la estabilización económica precede a la transición política, la participación efectiva de la mayoría queda subordinada al diseño estratégico.
La secuencia importa. Democratizar después de estabilizar no es lo mismo que estabilizar después de democratizar.
Si el mensaje implícito es que primero debe construirse un entorno “manejable” antes de permitir una redefinición política plena, el resultado es la postergación indefinida del mandato mayoritario.
Y esa postergación erosiona la legitimidad.
El regreso como ruptura
En este contexto el anuncio de María Corina Machado de regresar al país en pocas semanas no es un gesto simbólico. Es una ruptura estratégica oportuna.
Si la diversificación de interlocutores introduce fragmentación, el retorno físico reconcentra liderazgo. Si la transición corre el riesgo de dilatarse bajo equilibrios negociados o intereses externos, la presencia territorial de María Corina Machado obliga a definiciones. Entonces la legitimidad deja de ser abstracta y se convierte en hecho político tangible dentro del espacio controlado por el aparato estatal.
Este movimiento de Machado altera todos los cálculos de Washington y obliga a Delcy Rodríguez a decidir entre represión, negociar o un reconocimiento implícito de la legitimidad de María Corina Machado; obliga a Washington a definir si respalda inequívocamente la legitimidad mayoritaria o continúa administrando equilibrios; la presencia de Machado obliga a la oposición a alinearse o fragmentarse definitivamente. Ramos Allup lo entendió perfectamente y adelantó su apoyo a María Corina Machado.
No puede descartarse que el movimiento de Washington con Enrique Márquez haya acelerado la decisión. Si la percepción era que la transición comenzaba a desplazarse hacia un esquema de interlocución múltiple y tiempos extendidos, la respuesta racional de María Corina Machado es impedir que la legitimidad se diluya.
El punto de inflexión
Delcy Rodríguez debería comprender que ningún sistema político logra estabilidad duradera basado únicamente en control institucional del Estado sin legitimidad. Tampoco la legitimidad se impone si acepta permanecer en espera indefinida.
La transición venezolana ya no gira únicamente en torno a quién tiene el poder, sino a cuánto tiempo puede sostenerse esta separación entre legitimidad y el aparato del Estado.
Con el regreso de María Corina Machado el tiempo se acelera. Y cuando el tiempo se acelera, los equilibrios estratégicos cuidadosamente diseñados comienzan a descomponerse.
La pregunta ya no es si habrá transición. La pregunta es si será administrada lentamente bajo cálculos geopolíticos de Washington o se precipita por la presión directa de la legitimidad mayoritaria que representa María Corina.
María Corina Machado no garantiza el desenlace. Pero resulta en algo más importante: impide que el desenlace pueda seguir posponiéndose indefinidamente por el interés geopolítico de Washington.
El Nacional – Noti/Imágenes



