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No vengan con cuentos

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Por: Miguel Galindo

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Hacía alguna que otra década que no leía a Alice A. Bailey… Para quién no la conozca, esta autora, clásica de conocimiento arcano, bucea en aguas esotéricas haciendo una síntesis entre la filosofía budista más real y veraz y nuestro occidentalismo en su base más esencial.

Sus textos manan de los ancestrales archivos Akáshicos, de los cuales bebe. Suelto todo esto, no para asustarles, en modo alguno, sino para situarles desde dónde este loco, servidor de ustedes, se tira a la piscina de vez en cuando. Perdónenme. Y no se preocupen, tampoco yo llego a lo que quisiera, ya que no debiera… Tengo media docena de libros de ella, que, en aquella época, leídos más por curiosidad que por “responsabilidad”, apenas arañaron someramente mi consciencia y casi no instó a mi conciencia (no es lo mismo) pero dejó señal como consecuencia.

Hoy vuelvo a releer alguno de ellos y me pido un par o tres más que me interesan. No son libros de leer de un tirón hasta acabarlos (nunca se terminan de leer), si no a sorbos cortos y en momentos adecuados, marcándolos, subrayándolos, escribiendo en sus márgenes… Son lecturas que extenúan, debido a la intensidad del esfuerzo de comprensión que exigen… Les voy a pedir un favor personal en este punto a los que me siguen: no crean que les cuento todo esto para presumir de nada, ya que para muchos habría de avergonzarme y no hacer presunción de lo que no llego. Si lo hago es por un par de cosas: como ejercicio de vulgarización y fijación en lo posible, interno y con el deseo de compartir y externalizar lo que creo entender. No hay más negocio que ese.

A este género se le suele llamar y catalogar bibliográficamente como de “Sabiduría Oculta”. Es la sección por la que se conocen… Sin embargo, es una etiqueta que a mí siempre me ha llamado un tanto la atención, aparte de lo atractivo de su aparente misterio: Primero, porque la Sabiduría viene como consecuencia del correcto uso del conocimiento y esto es solo conocimiento puro y en veta; segundo, porque de Oculta no tiene nada, siempre ha estado ahí, en sus fuentes, sin esconder por nadie y abierta a su acceso y a su estudio, sin que a nadie se le impida acercarse a ella… Aún digo más: como verdades universales, filosofía holística, de transformación integral e interna personal, nunca, jamás, ha tenido derechos de autor algunos por los que pagar ni rendir cuentas a nadie. Sus contenidos pertenecen a ese Inconsciente Colectivo de la Humanidad que decía Jüng, y son de todo el mundo que quiera acercarse a ellos.

Antes, hace tanto que ya ni me acuerdo, solían leerse los Upanishads, los Vedas, el Baghavad Guita, etc., aún a nivel somero y cuanto de superficial se quiera, pero se leían y se profundizaba un poquito en las culturas antiguas y las civilizaciones emanadas de ellas, que de eso se trataba… Ahora, el desconocimiento es generalizado, como una peste y el olvido es cuasi que absoluto. Solo una cada vez más escasa nómina de investigadores y no digamos divulgadores, aún dan fe que (puede ser ya lo único), su conocimiento puede salvar a la humanidad del proceso involutivo en el que está inmersa… Como se lamentaba nuestro Fernando de Rojas, “en los nidos de antaño ya no hay pájaros hogaño”. No, ni huevos tampoco, ni una mala pluma, ni esperanzas que ninguna golondrina vuelva a hacer verano alguno. Hogaño hay mucho, muchísimo menos aleteo cultural que antaño. Como de aquí a las antípodas de cada cual, ida y vuelta.

Y nos debatimos actualmente en un punto muy curioso. Curiosísimo: por un lado, nos apegamos como lapas ignorantes a las religiones e iglesias, detentadoras de dogmas, que son lo contrario al auténtico y genuino conocimiento, pero sí que, al cocimiento y nos entregamos a cuánta tradición se nos ponga por delante, sea ésta real, falsa, manipulada, o directamente inventada; nos esclavizamos a ritos y a mitos y nos proclamamos defensores de todo dudoso patrimonio cultural, siempre y cuando, claro, nos conduzca al fiesteo, al comercio y al bebercio… Y, por otro lado, ignoramos y despreciamos todo conocimiento original y  verdaderamente tradicional sobre el viaje y misión del ser humano sobre la tierra. Un contrasentido sin ningún sentido; la gran ironía de la mente vacía.

Y vienen, entre otras muchas, muchísimas cosas, a desarrollar lo que ya decía Plutarco, de la Academia Ateniense, en los albores del primer siglo D.C.: “Una idea es un ser incorpóreo que no tiene existencia propia, sino que da figura y forma a la materia informe, y que se convierte en la causa de la manifestación”… Esto es, aquello que hace mil años, después, nuestra ley de la termodinámica viene a demostrar, si bien que con una incógnita colgando: ¿qué o quién mueve eso?.. Plutarco contesta que las ideas; y miles de años antes que él, las culturas arcanas ya lo explicaban con todo detalle. Desde que el mundo es mundo, como suele decirse, sin saber lo que se dice, naturalmente… Y ahora, hoy, en la más plena actualidad, viene la moderna física quántica a demostrar, sí, a demostrar digo, con su conocido “experimento del espectador”, que sí, que yes, que ouí, que son nuestras ideas y pensamientos los que conforman (para bien o para mal) la realidad.

¡Un viaje tan largo para saber lo mismo, Dios mío!.. ¡Y que sigamos haciendo de avestruces con la cabeza voluntariamente escondida en el estiércol que nos procuramos nosotros mismos!.. Los que soltamos este lastre somos los chalados, los locos, los idos, que no los idus, así que con no hacernos ni puto caso, asunto solucionado. Somos raros, molestos y cansinos, al menos de momento y no vamos a romper la inmensa fuerza que conforma la tendencia de miles de millones de seres humanos empujando la misma rueda de la misma noria ciegamente. Por supuesto, pero hasta eso supo advertir el gran Bukowsky: “solo los locos y los solitarios pueden permitirse el lujo de ser ellos mismos; porque los solitarios no necesitan complacer a nadie, y a los locos no les importa ser incomprendidos”…

Sin embargo, todo viaje que se inicia tiene su final, inevitablemente. Tanto individual como colectivamente. Y la responsabilidad es de todos y cada uno de nosotros el llevarlo a buen o mal término y final de trayecto… Somos individuos y somos sociedad.

Nuestro proyecto personal forma parte del proyecto general, ineludiblemente. Yo me fijo en el mío y no es que me guste, pero me miro en lo que me rodea y hasta me contento conmigo mismo, aunque me den ganas de salir gritando de aquí… Pero bueno, en fin, por acabar este escrito con quién lo empecé, termino, por supuesto, cómo no, con una de sus frases: “Lo que se necesitan son mediadores que interpreten las ideas, no médiums”. (Alice A. Bailey)

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